Últimamente a raíz de la nueva oportunidad que ÉL y yo nos estamos dando, de vez en cuando tengo pensamientos recurrentes sobre la idea de la paternidad. ¿Será que ya ha saltado la alarma de mi reloj biológico?
Hace poco, mi madre le dijo a su hermana que había soñado con que nos dejaron a un niño (negro para más señas) abandonado en la puerta de casa y que ÉL y yo lo habíamos adoptado. Mi madre, a pesar de haberme tenido solo a mí, es muy niñera y creo que lo que más la desilusionó cuando le comenté mi orientación sexual fue que con ello se desvanecía (al menos a priori) la posibilidad de ser abuela.
Entre nosotros hemos comentado alguna vez la posibilidad de ser padres, gracias a un vientre de alquiler en algún país en el que esto sea legal. Hasta ÉL, que suele ser más reacio a estas cosas (está en contra hasta del matrimonio homosexual ¿¿¿???) se estuvo informando en páginas web de agencias para la subrogación del embarazo de California.
Todo esto viene a que ayer tuve muy presente a Herodes y se me quitaron de golpe todas las ganas de ser padre. Me explico: a alguien se le ha ocurrido la genial idea de que los empleados de esta compañía para la que trabajo se puedan traer un día al año a los niños al trabajo y ese día fue ayer.
Recalco el hecho de que sólo se los pueden traer los empleados de la compañía (jefes, casi todos ellos) y el personal externo (los que realmente hacemos el trabajo) somos los que los tenemos que aguantar correteando y chillando entre nuestros puestos de trabajo.
Supongo que la típica excursión a una central eléctrica, a una fábrica de algo o a algún sitio en el que haya cosas extrañas para ellos, será la mar de entretenido para los retoños, pero os aseguro que la visita a un edificio de oficinas en las que lo único que hay son mesas con ordenadores y gente trabajando en silencio con ellos les aburre soberanamente, así que optan por ponerse a correr sin control de un lado para otro, montando todo el jaleo posible.
Son niños y por supuesto que es esto lo que se espera de ellos, pero en el lugar indicado, como por ejemplo en un parque. ¿Es que sus padres no se dan cuenta de que el resto de mortales estamos trabajando?
El organizador de toda esta desorganización, había previsto actividades varias desde las 10 hasta las 14 y hay algunos niños a los que los trajo algún familiar a esa hora y con la misma se los volvió a llevar. El problema es que a la gran mayoría los trajeron sus padres/madres que trabajan aquí y se tuvieron que tirar aquí encerrados toda la jornada laboral, esto es de 8 a 17, lo que para ellos fue una barbaridad.
Lo dicho, ni con la amenaza de que los Reyes Magos les van a traer carbón se portaban bien. Eso sí, ya por la mañana comprobé que no tengo don para tratar con niños, porque en cuanto vino mi jefa a presentarme a sus hijos, casi hago llorar a la niña nada más saludarla y eso sólo fue el principio del día.
jueves, 5 de enero de 2012
miércoles, 4 de enero de 2012
Érase una Navidad en familia
A ver si a la tercera entrada va la vencida y puedo contar sin irme por las ramas cómo han transcurrido los días de Nochebuena y Navidad con mi familia.
El viernes tenía previsto un brindis con mis amigos (vamos, que íbamos a quedar para tomar algo, pero dicho en plan fino) y menos mal que el evento al final no se produjo, porque como he contado en la entrada anterior, andaba yo en plan de niñera con Lola, la nueva loro de mi madre.
El sábado, día de Nochebuena, quedé con mi padre al medio día, para ir a hacer la visita de rigor a su familia. Este año la novedad es que le pedí que fuera al mediodía en lugar de por la tarde-noche, ya que siempre me daba la sensación de que molestaba a todo el mundo mientras estaban con las preparaciones de las cenas. Por su puesto, no le dije nada del regalo a mi madre, porque no quería que se pusiese celoso y es que él se quedaba por primera vez sin regalo por mi parte, igual que yo llevo años sin uno por la suya.
Ese mismo día por la tarde, quedé con mi amigo M y finalmente se nos unió por sorpresa JF. Son los únicos amigos a los que iba a ver en esos días. Estuvimos un rato tomando algo y poniéndonos al día de nuestras vidas y luego cada mochuelo a su olivo para la gran cena.
Cuando llegué a casa estaba mi madre terminando de preparar los tuppers con la cena para mi abuela y la acompañé a su casa con la idea de pasar un rato con ella mientras cenaba. Digo con la idea, porque cuando llegamos a su casa, resulta que ya había cenado su tazón de leche con trozos de pan, como todos los días del año. Se había olvidado de que era Nochebuena y eso que se lo recordé al mediodía, cuando la fui a llevar la comida. Este año he visto a mi abuela mucho más deteriorada que otros años, tanto física como psicológicamente. Encima mi madre no entiende que los años pasan para todos y la regaña mucho, hasta el punto de que mi abuela la tiene miedo.
Precisamente ese miedo, junto a la bronca de mi madre, fue lo que hizo que esa noche mi abuela cenase por segunda vez, en esta ocasión lo que mi madre había preparado para ella en los tuppers. En ese momento ya amenazó con que al día siguiente prefería no venir a comer con la familia por Navidad, diciendo que a ella el sacarla de casa era matarla en vida, pero mi madre cortó de raíz la conversación y no le dió más opción que elegir la hora a la que ir a buscarla.
Mi madre y yo nos volvimos a su casa y cenamos los dos solos y tranquilos. Bueno, solos no, ya que teníamos la compañía de Lola. Luego estuvimos un rato viendo alguna de las galas que daban por la tele y a eso de las 23:45, mi madre se fue a la misa del gallo y yo a la cama.
El día 25 era el epicentro de la celebración familiar, ya que como expliqué en su momento, en mi familia se celebran las comidas en vez de las cenas. A comer acudieron mi madre, la madre de mi madre (mi abuela), la hermana de mi madre (mi tía) y su marido (mi tío) e hija (mi prima) y el hijo de mi madre (yo). Total 6 comensales.
La comida discurrió por los cauces habituales, sin discusiones reseñables y sin malos rollos. La protagonista de la sobremesa fue el nuevo miembro de la familia, Lola, a la que todo el mundo quería coger, acariciar y sacerse fotos con ella y desde luego, aquello no fue una buena idea. Apunto estuvo de darle un infarto a ella y otro a mí, viendo como mi familia maltrataba lo que me había costado tanto dinero.
Al final, todo quedó en un par de coscorrones para la pobre Lola. El primero cuando mi tía, a la que el animal desde el primer momento le demostró que no le caía bien, trató de posarla en la mesa y mas que posarla, por miedo a llevarse otro picotazo, la dejó caer desde un palmo de altura. Y el segundo algo más serio, ya que se empeñaron en que mi prima cogiera al bicho y lo hizo con demasiado miedo, de forma que cuando me la fue a devolver, soltó demasiado rápido y esta vez se cayó hasta el suelo. Menos mal que aparentemente no se hizo nada.
Me da rabia el trato que le dieron, porque justo en cuanto se cayó al suelo, todo el mundo recogió y se largó, dejándome a mí, con el marrón de tratar con el animal todo asustado y posiblemente herido, aunque al final no fue así. Me gasté más dinero para que fuese un loro de los que llaman papilleros, esto es, criados a papilla por el hombre desde el huevo, de manera que fuera super dócil y se dejase coger y jugar con ella. Por este motivo me preocupaba que a la primera de cambio y por el capricho de mis tíos, nos cogiera miedo a todos.
Después de pasarme toda la tarde dándole premios en forma de comida y caricias, parece que el animal se recuperó del susto y de paso, yo también. Al día siguiente ya despertó como si nada y dejándome cogerla y manosearla como antes. Ese era el día de la despedida y me tocó enseñar a mi madre a manejar al bicho, ya que hasta entonces, con los líos de las celebraciones no le había hecho mucho caso.
Y nada más, con mucha pena me despedí de ambas y puse la casa con ruedas rumbo a Madrid, porque el día 27 ya tenía que trabajar.
martes, 3 de enero de 2012
Érase un regalo vivo
En la anteior entrada comenté cómo han sido las fiestas de Nochebuena y Navidad a lo largo de mi vida y hoy voy a hablar de cómo han sido este año y tengo que empezar diciendo que estos dos días han sido los únicos de todas las fiestas navideñas que tenía previstos pasar con mi familia y mis amigos, en mi tierra.
Este año, estos días con mi familia han estado marcados por el regalo que le he hecho a mi madre: un yaco, que es un tipo de loro de plumaje gris y cola roja, que según dicen, es el que más facilidad tiene para aprender a hablar.
El motivo de este regalo es que en mi casa, cuando yo era pequeño, habíamos tenido uno, que en un descuido de mi padre, acabo escapándose cuando ya había empezado a hablar. Desde entonces, mi madre cada vez que veía un bicho de estos en una tienda de animales, entraba a preguntar su precio, pero siempre decía que era muy caro y se echaba para atrás.
Unos días antes de navidad me habló de que había ido a comer con sus amigas a un restaurante en el que tenían un loro de estos y que estuvo hablando con su dueño del tema y la forma en la que me contaba todo esto por teléfono, me hizo decidirme por comprarle uno como regalo de navidad, aunque tenía que hacerlo en tiempo récord.
Primero me dediqué a mirar precios por internet para ver si estaban más baratos aquí o en Cantabria y comprobé que aquí eran algo más baratos, así que localicé una tienda en Madrid dedicada en exclusiva a la cría y venta de loros y allá que me fui el miércoles 21. Me confirmaron que tenían 7 disponibles y que podían hacerles las análiticas necesarias durante el jueves 22 y tenerlo disponible para llevármelo directo desde la tienda hasta la casa de mi madre, el viernes 23 a primera hora y eso fue lo que hice.
El momento cómico vino a la hora de elegir al animalico, ya que como digo tenían 7 disponibles y el dependiente nos puso a ÉL y a mi los 7 bichos a la vez en los brazos para que le dijésemos cuál nos gustaba más y a mí todos ellos/ellas me parecían iguales. Al final elegí al único que no me estaba picando y le pedí que me los quitase lo más rápido posible de encima, aclarándole que no es a mi a quien le gustan estos animales, sino que era para mi madre.
Pues nada, lo dejé reservado el miércoles y el viernes fui a por el bicho a las 10 de la mañana. Ya tenían el sexaje hecho mediante el ADN y resulta que había escogido una hembra. Como dije que me la iba a llevar a Santander, me la pusieron en un transportin como los de los perros, con un poco de comida y lista para llevar.
Puse el transportín en el asiento del copiloto de la casa con ruedas, atado con el cinturón de seguridad y con la puerta mirando hacia mi asiento, para poder controlarla de reojo mientras conducía y la verdad es que durante el viaje la bicheja se portó de maravilla. Se limitaba a verme conducir y a mirar para todas partes en busca de la mujer del GPS, cada vez que me daba alguna instrucción.
A la llegada a casa de mi madre, la cara de sorpresa que puso no tiene nombre, ya que no sabría decir si era señal de que le gustaba el regalo o de que lo aborrecía. Supongo que le gustó, porque no tardó ni medio minuto en bautizarla como Lola y en ponerse a hablarle.
Y aquí empezaron los problemas, porque yo recordaba que teníamos la jaula del loro anterior por casa, pero lo que no me imaginaba era que iba a estar roñosa entera. Así que mi madre, que estaba muy estresada con la preparación de la comida del día de navidad (sí, 48 horas antes mi madre ya se mete en la cocina a preparar las toneladas de alimentos que luego no hay quien se acabe). Pues tuvo que dejar todo eso y recorrerse las escasas tiendas de animales de Santander en busca de una jaula adecuada para Lola.
Mientras tanto yo me quedé con ella suelta ya por casa, porque después de 5 horas encerrada en el transportin, no podíamos dejarla más tiempo allí, así que la puse en un palo y me quede esperando a que volviera mi madre. Y volvió pero con una primera jaula que no tengo ni idea de quién le dijo que era para loros, porque tenía una puerta por la que no cabía ni un periquito, así que vuelta otra vez a cambiarla y eso con el día de perros que hacía por Santander. A la segunda fue la vencida y la bicha ya tenía casa, casi a la hora de cierre de las tiendas, pero ya se pasó el estrés inicial.
Y en este punto tengo que decir que hay que ver lo que me gusta una excursión y más si es por Úbeda y sus famosos cerros, porque venía yo con la idea de hablar sobre mi Navidad y he acabado hablando sobre una loro y sus peripecias, así que voy a cortar por lo sano y dejar para otro día el tema de mis navidades.
Este año, estos días con mi familia han estado marcados por el regalo que le he hecho a mi madre: un yaco, que es un tipo de loro de plumaje gris y cola roja, que según dicen, es el que más facilidad tiene para aprender a hablar.
El motivo de este regalo es que en mi casa, cuando yo era pequeño, habíamos tenido uno, que en un descuido de mi padre, acabo escapándose cuando ya había empezado a hablar. Desde entonces, mi madre cada vez que veía un bicho de estos en una tienda de animales, entraba a preguntar su precio, pero siempre decía que era muy caro y se echaba para atrás.
Unos días antes de navidad me habló de que había ido a comer con sus amigas a un restaurante en el que tenían un loro de estos y que estuvo hablando con su dueño del tema y la forma en la que me contaba todo esto por teléfono, me hizo decidirme por comprarle uno como regalo de navidad, aunque tenía que hacerlo en tiempo récord.
Primero me dediqué a mirar precios por internet para ver si estaban más baratos aquí o en Cantabria y comprobé que aquí eran algo más baratos, así que localicé una tienda en Madrid dedicada en exclusiva a la cría y venta de loros y allá que me fui el miércoles 21. Me confirmaron que tenían 7 disponibles y que podían hacerles las análiticas necesarias durante el jueves 22 y tenerlo disponible para llevármelo directo desde la tienda hasta la casa de mi madre, el viernes 23 a primera hora y eso fue lo que hice.
El momento cómico vino a la hora de elegir al animalico, ya que como digo tenían 7 disponibles y el dependiente nos puso a ÉL y a mi los 7 bichos a la vez en los brazos para que le dijésemos cuál nos gustaba más y a mí todos ellos/ellas me parecían iguales. Al final elegí al único que no me estaba picando y le pedí que me los quitase lo más rápido posible de encima, aclarándole que no es a mi a quien le gustan estos animales, sino que era para mi madre.
Pues nada, lo dejé reservado el miércoles y el viernes fui a por el bicho a las 10 de la mañana. Ya tenían el sexaje hecho mediante el ADN y resulta que había escogido una hembra. Como dije que me la iba a llevar a Santander, me la pusieron en un transportin como los de los perros, con un poco de comida y lista para llevar.
Puse el transportín en el asiento del copiloto de la casa con ruedas, atado con el cinturón de seguridad y con la puerta mirando hacia mi asiento, para poder controlarla de reojo mientras conducía y la verdad es que durante el viaje la bicheja se portó de maravilla. Se limitaba a verme conducir y a mirar para todas partes en busca de la mujer del GPS, cada vez que me daba alguna instrucción.
A la llegada a casa de mi madre, la cara de sorpresa que puso no tiene nombre, ya que no sabría decir si era señal de que le gustaba el regalo o de que lo aborrecía. Supongo que le gustó, porque no tardó ni medio minuto en bautizarla como Lola y en ponerse a hablarle.
Y aquí empezaron los problemas, porque yo recordaba que teníamos la jaula del loro anterior por casa, pero lo que no me imaginaba era que iba a estar roñosa entera. Así que mi madre, que estaba muy estresada con la preparación de la comida del día de navidad (sí, 48 horas antes mi madre ya se mete en la cocina a preparar las toneladas de alimentos que luego no hay quien se acabe). Pues tuvo que dejar todo eso y recorrerse las escasas tiendas de animales de Santander en busca de una jaula adecuada para Lola.
Mientras tanto yo me quedé con ella suelta ya por casa, porque después de 5 horas encerrada en el transportin, no podíamos dejarla más tiempo allí, así que la puse en un palo y me quede esperando a que volviera mi madre. Y volvió pero con una primera jaula que no tengo ni idea de quién le dijo que era para loros, porque tenía una puerta por la que no cabía ni un periquito, así que vuelta otra vez a cambiarla y eso con el día de perros que hacía por Santander. A la segunda fue la vencida y la bicha ya tenía casa, casi a la hora de cierre de las tiendas, pero ya se pasó el estrés inicial.
Y en este punto tengo que decir que hay que ver lo que me gusta una excursión y más si es por Úbeda y sus famosos cerros, porque venía yo con la idea de hablar sobre mi Navidad y he acabado hablando sobre una loro y sus peripecias, así que voy a cortar por lo sano y dejar para otro día el tema de mis navidades.
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